Los dos caminos: el difícil arte de decidir

“El ser humano es un ser despierto ante lo que le rodea. Está condenado a elegir; y condenado a ser responsable de las consecuencias de esta elección. Es libre, dentro de las limitaciones de su misma naturaleza. Como dirían los clásicos, es libre para convertirse en el servidor de su Yo Superior, de su alma inmortal; o en esclavo de sus furibundas pasiones inferiores, de la bestia que en él ruge y mora.”

José Carlos Fernández in “Hamlet o el hombre ante su encrucijada”

Hacer una meditación o una reflexión sobre lo que supone elegir no es fácil. La mayoría de las veces, nuestras elecciones son realizadas sin la más mínima consciencia y ni se nos pasa por la cabeza que toda acción tiene unas consecuencias. Es cuando se llega a la edad adulta que nos vemos en la necesidad de volver la vista atrás y hacer un balance del camino recorrido. Y ahí sí, ahí comprendemos que nuestra vida, nuestro camino ha seguido los derroteros que nuestras decisiones han marcado. Como si fuese una melodía, cada toma de decisión es como un compás que marca el ritmo de nuestro destino.

Como en todo, también en las decisiones hay niveles, desde las más superficiales, que tienen que ver con aspectos de la vida menos profundos (una barra de labios, una prenda de ropa o un peinado de moda); hasta los más transcendentes que pueden modificar el ritmo de los acontecimientos que demarcan nuestra vida (una pareja, un trabajo, un sí o un no…). Y aunque todas generan consecuencias (una ropa o un maquillaje determinan si estás más o menos favorecida; un sí o un no pueden decidir un buen o un mal trabajo), son las decisiones transcendentes las que nos deberían preocupar y a las que deberíamos dedicar tiempo y reflexión.

En general, nuestro tiempo actual promueve la superficialidad, la inmadurez y la inconsciencia. Esto es algo sabido y no son necesarias grandes explicaciones pues sólo hay que dedicar una tarde/noche a ver televisión para constatar que los valores (o la ausencia de ellos) que se promueven tienen mucho que ver con la desinhibición inconsciente: ser eternamente adolescente, huir de las obligaciones, aparentar lo que no se tiene y permisividad, mucha permisividad.

Pero nada de esto toca al alma y nada de esto nos hace crecer. Al contrario. Nos mantiene en un estado de infancia-adolescencia-juventud prolongada donde no aprendemos a madurar, a convertirnos en adultos, por lo tanto.

Las famosas crisis de los 40 o los 50 suelen sobrevenir en personas que se han “bebido” la vida sin profundizar en ella. Y claro, han pasado los años y de repente “despiertan” en una edad donde caen en la cuenta de que ya no les restan tantos años; que el tiempo ha pasado y no sólo no han hecho un buen uso de él, sino que además se les ha escapado de las manos como se escapa la arena entre los dedos.

Si hay una cosa que no entiendo de mi tiempo, es por qué la alegría está asociada a la
frivolidad y la tristeza/esclavitud a las obligaciones. ¿Es que acaso hacernos cargo de nuestros hijos, padres o hermanos es una tristeza? Y, ¿no es eso una obligación, un deber? ¿Es infelicidad estudiar para conocer más y mejor el mundo que nos rodea? ¿No es un deber del ser humano cultivarse interiormente? Y, ¿no da esto la felicidad?

Creo, sinceramente, que las crisis de la mediana edad sobrevienen cuando despertamos del sueño del no-compromiso que nos han vendido como válido, pero que es una falacia en realidad. Porque si hay algo seguro en esta vida es que desde que nacemos estamos
comprometidos con nuestro Destino. Y cabe a cada uno de nosotros aprovechar el tiempo que se nos ha dado para fortalecernos, para hacer crecer nuestra alma; para ser, cada día, un poco mejores de lo que fuimos el día anterior. Y en este proceso, en esta ventura que es madurar, las decisiones son parte fundamental.

La toma de decisiones está muy relacionada con la valentía. Ante una decisión importante, sobre todo si hay consciencia de lo que está en juego, es normal sentir miedo, vértigo incluso ante la perspectiva del futuro incierto. Por eso se necesita coraje, no sólo para dar el paso decisivo, sino también para afrontar las consecuencias que sobrevendrán, sean positivas o no. Pero un filósofo siempre sacará algún provecho de sus decisiones pues todo puede devenir en aprendizaje si la conciencia está puesta en ello.

En realidad, estamos ante una cuestión tan antigua como la misma humanidad. El ser humano siempre estuvo en la encrucijada de tener que escoger: el bien o el mal; el pecado o la virtud… Decidir forma parte de la naturaleza humana de la misma manera que el respirar o el caminar. A lo largo de la historia, este tema de la elección ha ocupado a filósofos, literatos y artistas. ¡Tanta es su importancia!

La duda, el dilema o la elección en el Arte

Igual que en lo religioso la presencia de la dualidad bien/mal es más que patente, en el arte encontramos la misma preocupación, sobre todo en la época clásica. La temática
“encrucijada”, “dos caminos” se repite en diferentes autores y la elección entre el camino de la Virtud y el Vicio será uno de los temas más representados por los artistas.

“Hércules en la encrucijada”, también conocido como “El juicio de Hércules”. En este lienzo pintado en 1596, Annibale Carracci plasma una escena de la vida de Hércules donde se ve al héroe en la tesitura de tener que elegir entre dos caminos. Uno, el que le marca la Virtud y que conduje a la inmortalidad; el otro, el indicado por Voluptas que le llevaría a la lujuria y al pecado.

La fábula de Hércules en la encrucijada es atribuida a Pródico[1] y en ella relata la dificultad de elección entre dos modos posibles de vida: la Virtud y el Vicio. La primera ofrece una vida austera, esforzada y sencilla; le promete la verdadera gloria, pero sólo si acepta llegar a ella tras un duro esfuerzo. La segunda una agradable existencia dedicada al ocio y los placeres; discurrir por un sendero de fácil acceso a una vida de placeres indolentes. Según Pródico, Hércules eligió la Virtud.

En 1580 otro pintor italiano, Paolo Veronese había pintado otra versión del mismo mito y la bautizó como “Alegoría de la Virtud y el Vicio”.

Y sólo un año después, en 1581, vuelve a repetir tema en otro lienzo “El joven entre la virtud y el vicio” donde Veronese emplea a dos figuras femeninas muy explícitas; a la izquierda, una típica cortesana veneciana, con ricos ropajes y amplio escote, sentada junto al lecho decorado con un bello cortinaje de brocados, sería la clara representación del Vicio. En la derecha, cubierta con gruesos paños que impiden ver sus tobillos, símbolo de decencia en el Renacimiento, se encuentra la representación de la Virtud.  Viste de rojo, a la moda veneciana que tanto gustaba representar al maestro en sus lienzos. Su elección es acertada ya que sigue a la Virtud, quien mira al Vicio con gesto de victoria.

En los primeros años del siglo XX, encontramos nuevamente reflejada esta temática en dos lienzos, “El pecado” y “La gracia”, del pintor cordobés Julio Romero de Torres. En estos dos cuadros, complementarios, se pueden observar cómo los mismos personajes cambian sus expresiones según la naturaleza de sus intenciones; en “El pecado” los rostros de las ancianas son de perversidad y lujuria, de incitación al quebrantamiento de la moralidad. Además, sostienen entre sus manos un espejo y una manzana, símbolos del pecado. Mientras, en “La gracia” estas mismas ancianas son representadas con rostros angelicales, bondadosos, de recogimiento y amor; otra joven llora y porta en su mano una azucena, símbolo de la pureza. Y como protagonista una joven en la difícil tesitura de qué camino tomar. Una vez más, la encrucijada en el camino del hombre.

El pecado y La gracia

Otro cuadro del pintor cordobés está inspirado en la misma temática, elegir entre un camino de rectitud, de moralidad o inclinarse por el camino de los oropeles y la promiscuidad. Se trata del lienzo “Las dos sendas”, pintado por Torres en 1911.


Y para finalizar este recorrido por el arte pictórico, del que los ejemplos expuestos son sólo una muestra, analizamos los frescos murales en la Villa de los Misterios de Pompeya.

En la gran Sala se encuentran una serie de paneles que, hasta hoy, siempre han sido interpretados en sentido circular, creando con ello una gran controversia pues su lectura carece de significado. Pero si los leemos como dos historias paralelas que convergen en un punto central, obtenemos una nueva representación de la encrucijada del hombre.

José Carlos Fernández en su artículo “La Villa de los Misterios de Pompeya, una nueva lectura de la gran sala” nos da las claves: “Según esta interpretación, se describen los dos modos de acceder a la Liberación, los dos presididos por Dionisos: son el camino de la experiencia o el de la sabiduría, el de la mística o el del mundo, o sea, el de los leños que “van a parar a la mar, que es el morir” o el de remontar la corriente del Ser, haciendo de uno mismo barca y remos y pasajero hasta beber en las fuentes puras de la esencia de la vida. El uno, el mistérico, el que lleva a la vida trascendente, ya ha sido descrito por Linda Fierz-David (…). El otro, el de la vida común, con sus dichas y angustias es el no trascendente, que termina con la muerte, así como el anterior finaliza en la libertad de la sabiduría. En verdad, como decía Platón al comparar la Filosofía con la Muerte y decir que son semejantes, ambas llevan a la Libertad, a la separación de la prisión del mundo. Ambas convergen en Dionisos, bien sea a través de la sabiduría y la mística, bien a través de la experiencia y la muerte. En ambos Dionisos, que representa la sangre de la vida del alma, rige a los seres humanos, los llama a la perfección. Dionisos es el “bramido de Toro” del Destino, la “presencia de Dios en cada ser”, o sea, el divino entusiasmo, el Niño Divino que despierta y va
creciendo en nuestro interior según el alma evoluciona más y más. O sea, es la clave del arco a
la que se accede por la vía del dolor o por la del saber, justificándolas ambas.”

Camino de la Sabiduría, que debe ser leído de la izquierda a la derecha


Conclusión

La Historia nos ofrece muchos y variados ejemplos de la importancia de saber elegir. Y también es un testigo en sí misma de cómo la encrucijada forma parte de la naturaleza del ser humano. Arte, Filosofía, Religión, Literatura… y otros campos del Saber recogen esta disyuntiva, el dolor que a ella va asociado y las consecuencias derivadas del acto en sí como una de las pruebas que cada uno de nosotros debemos enfrentar en el camino de nuestra propia evolución.

Me viene a la memoria el testimonio de una chica a la que conocí hace varios años y que fue abatida a tiros por su propio padre, celoso de la vida sentimental de la hija. Nos contaba ella que después de ser tiroteada, cuando se encontraba en el suelo incapaz de moverse porque una de las balas le había alcanzado la columna vertebral, se debatió durante instantes entre gritar pidiendo ayuda o quedarse en silencio. Tal vez fuesen segundos, pero para ella este momento resultó ser crucial en su vida pues de su decisión resultaría una mujer muerta o una mujer viva, aunque con secuelas.

Cuántas veces no nos encontramos en situaciones similares en cuanto a intensidad (no en cuanto a dramatismo, por fortuna), sabiendo que de una ardua elección devendrá nuestro futuro. Y ¡qué poco educados estamos para estas difíciles coyunturas!

Cabe a la Filosofía despertar en el ser humano el sentido heroico de la vida. Educar en valores como la valentía, la determinación, el sentido común, la inteligencia y la osadía para que se conviertan en herramientas que cada uno de nosotros pueda utilizar en su camino hacia la madurez. Tomar decisiones forma parte de la vida, todo final de camino se convierte en una incógnita que nos conduce a una nueva encrucijada. Y así por siempre. Que lo aprendido nos guíe por los caminos de la bienaventuranza.


Carmen Morales


[1] Filósofo griego, formó parte de la primera generación de sofistas. Fue contemporáneo de Sócrates, pertenece por tanto a los llamados filósofos presocráticos.

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