La soledad, la gran pandemia de nuestro siglo

Según Aristóteles, “el hombre es un ser social por naturaleza” lo que viene a decir que necesitamos de la relación con los otros para desarrollarnos en los diferentes ámbitos de la vida: en lo interior, en lo familiar, en lo profesional y en lo social. Y, sin embargo, cada vez hay más personas aquejadas de soledad, una enfermedad silenciosa que se ha instalado en nuestra sociedad sin que, casi, nos hayamos dado cuenta.

Hace algún tiempo me sorprendió una noticia, “Theresa May, Primera Ministra británica nombra a una secretaria de Estado para tratar el problema de la soledad[1]”. Afirma la dirigente en la misma noticia que “debemos hacer todo lo que podamos para que (…) trabajemos sobre la soledad (…) una triste realidad de la vida moderna”. Por un lado conforta saber que hay políticos con sensibilidad suficiente como para darse cuenta de las necesidades más sutiles de la ciudadanía; pero por otro, sobrecoge constatar la enorme fractura social que la modernidad ha provocado en las últimas décadas. Porque, ¿nos sentiríamos tan solos si no estuviésemos rodeados de confort, de máquinas que hacen todo por nosotros; de tecnología que nos aísla de nuestro entorno, que hace nuestra vida más fácil pero más vacía? El filósofo Byung-Chul Han[2] afirma que vivimos una era en donde el tiempo ha perdido su fragancia. Hemos dejado de disfrutar de las cosas porque nos han convencido de que la novedad es lo mejor; y así, nos hemos acostumbrado a despreciar las pequeñas cosas, esas que nos ayudan a recrear el tiempo, a prolongarlo, a dotarlo de intensidad y de significado. En palabras del propio Chul Han, «a la civilización actual le falta sobre todo vida contemplativa»[3].

Tal vez podríamos afirmar que a nuestra sociedad actual le falta sosiego, paz, altruismo y una gran dosis de entusiasmo. O dicho con otras palabras, le falta vida interior. Tiempo dedicado a los divinos ocios que decía Platón que no son otros que el tiempo que dedicamos a nuestra alma. Hoy entendemos el ocio como un tiempo en el que no hacemos nada; adoptamos una actitud pasiva y dejamos que cualquier corriente entre en nuestra mente y en nuestra psique que engullen todo lo que le ponen delante sin criba ni filtro alguno. Así, nos convertimos en seres humanos tamásicos que se dejan llevar por las modas de turno. Nuestra personalidad se tiñe con los colores del momento, camuflándose con el entorno y apagando cualquier atisbo de genialidad. Nos convertimos en masa, influenciable y manejable, ideal para dejarnos manipular. Pero los divinos ocios tienen otra función, mucho más elevada y provechosa para el alma.

Cultivar nuestra alma es dedicar un tiempo del día al arte y a la reflexión filosófica, según decía el Profesor Livraga, Fundador de Nueva Acrópolis. Unos minutos al día a cultivar esos placeres que nadie ni nada nos puede arrebatar porque no dependen de circunstancias externas, sino que son inmutables y eternos como eterna es la naturaleza de su manantial: el alma humana.

Sin embargo, en nuestra sociedad estos divinos ocios han sido substituidos por horas y horas de contenido vacío, superficial, que no alimenta nuestra alma pero que sí satisface nuestros deseos. Y aunque en un primer momento pudiera parecer que nos sentimos plenamente felices, basta profundizar un poco en las relaciones humanas para darnos cuenta de que gran parte de la población se queja de stress, vacío existencial y de la tan temida soledad. En definitiva, enfermedades del alma.

Resulta curioso, por no decir alarmante, comprobar cómo la tecnología digital de este siglo ha contribuido a estas enfermedades silenciosas. Las redes sociales que en un principio nacieron como una utopía liberadora que iba a conducir al individuo desde el aislamiento hasta una intercomunicación con los otros donde la idea principal sería la colaboración mutua, han resultado un caldo de cultivo del yo narcisista. Una especie de escaparate en el que mostrar nuestra intimidad, sea ésta reflejo de la realidad o pura fantasía. El auge de las redes sociales ha dado nacimiento al reinado del egocentrismo más frívolo: en twitter pensamos que todos somos escritores, en facebook filósofos y en instagram fotógrafos. Nos ponemos la máscara de la felicidad y representamos el papel de nuestra propia vida. Pero este expositor de millones de vidas felices provoca sentimientos encontrados; por un lado, la tristeza de quien vive una realidad que no es la suya verdadera. Y por otro, la angustia de quien piensa que su existencia no vale la pena porque no vive entre oropeles. En ambos casos la sensación de soledad y el vacío existencial son como un agujero en el alma.

Podríamos decir que la sociedad de este incipiente siglo XXI está adoptando tintes histriónicos donde las apariencias pesan más que la autenticidad. Siendo sinceros, hoy en día una vida sencilla, vivida con naturalidad no resulta apetecible. Todo el mundo quiere destacar, ser el más popular, el mejor, el más deseado… y tener seguidores, muchos seguidores. Pero ser el alma de la fiesta –de todas las fiestas- conlleva un sacrificio: la sobreexposición. Que es precisamente lo que sucede en las redes sociales. Y esta exposición máxima deja poco o nada de espacio para la vida interior; nos alejamos de nuestra esencia y, finalmente, terminamos por sentirnos solos aunque estemos rodeados de miles de personas. Porque la amistad que más importa, la relación más íntima y que nunca nos abandona, es la que mantenemos con nuestro Yo Interior, con nuestra propia alma. Y ésta es la que precisamente menos cultivamos, porque nuestro tiempo está todo dedicado a aparentar, a lo externo, a las exigencias sociales. En esta tesitura, acusamos la soledad cuando se apagan los focos mediáticos, nos quedamos solos y el silencio, que tendría que ser un espacio para la creatividad, para el desarrollo de nuestras potencialidades, se convierte en una losa pesadísima que nos hiere y nos consume porque no sabemos qué hacer. Nos asusta la ausencia de ruido y de distracción porque nos pone frente a frente con lo que realmente somos, lo que podríamos ser y en lo que nos hemos convertido. Que el ser humano es un ser social y que necesitamos de la compañía de los otros para desarrollarnos es indiscutible; pero que también necesitamos de la soledad creadora es igualmente una realidad a la que muchas personas, por miedo o por comodidad, renuncian en detrimento de su desarrollo interior.

Los que ya sumamos una buena cantidad de años, recordamos cómo en nuestra niñez había tiempo para todo: para trabajar, para la familia, para socializar y para desarrollar nuestros hobbies. Se daba por hecho que todo ser humano tenía alguna afición y se reservaban unas horas para ello, era lo natural y se dividía el día en función de todas estas necesidades. La mañana para el trabajo, las tardes para la familia, los compromisos sociales y los hobbies. Claro que la tecnología no había irrumpido en la vida de las personas con la fuerza de hoy en día, de hecho, había poca tecnología. Pero sí que había muchísima humanidad. En mi familia, como en muchas otras, las tertulias vespertinas eran lo habitual. Después de la siesta, poco a poco iban llegando familiares y amigos de mis abuelos y se iban creando grupos que hablaban de sus intereses, compartían las novedades del día o, en muchas ocasiones, terminaban saliendo a pasear para ver juntos los últimos rayos del sol. Después de la cena, mi abuelo al periódico y mi abuela a sus labores. Y los niños vivíamos esto con normalidad, participábamos en lo que nos dejaban pero siempre estábamos revoloteando alrededor de esta comunidad, formando parte de ella.

Tal vez el gran error de hoy en día y por el que tanta gente se queja de soledad sea el no saber vivir en comunidad. Habitamos edificios enormes sin conocer al vecino del enfrente, mucho menos al del quinto. Compramos en grandes superficies comerciales en lugar de acudir a la tiendecita de la esquina donde los tenderos pueden convertirse en tus amigos. Entablamos amistades a través de internet en lugar de quedar en un café con los compañeros de trabajo, de universidad o con los amigos de toda la vida. Preferimos recuperar virtualmente amistades de hace mil años –que se quedan en mensajes esporádicos por las redes sociales- en lugar de afianzar los lazos familiares… El anonimato se ha convertido en una gran muralla que nos separa de los otros. En una especie de parapeto que nos salvaguarda de todo lo que nos asusta pero que, al mismo tiempo, impide que nos llegue todo lo bueno y positivo de la vida en comunidad.

La soledad que nos aqueja hoy en día es producto de las barreras que nosotros mismos hemos ido levantando con el paso del tiempo. Hemos levantado muros en lugar de construir puentes. Y nos hemos olvidado que toda la tecnología del mundo es insuficiente para tener calidad de vida si falta lo esencial: humanidad.

Una encuesta[4] realizada en Reino Unido en junio del 2016, decía que cerca de 200.000 personas no habían hablado con nadie en el último año. Un dato aterrador de la sociedad que estamos construyendo con nuestro afán de individualismo y egocentrismo. Aunque es verdad aquello de que nacemos y morimos solos, el camino lo hacemos en compañía; necesitamos de los otros para aprender, para desarrollarnos, para evolucionar en definitiva. Virtudes propias del ser humano como la generosidad, la bondad, la compasión, el altruismo… sólo se pueden potenciar si nos rodeamos de personas. Que, ¿podemos practicarlas en nosotros mismos? Claro, pero corremos el riesgo de transformarlas en egoísmo al ser nosotros y sólo nosotros el objeto de nuestros desvelos. Y quién sabe si no será el problema de fondo que está por detrás de esta pandemia de soledad y abandono: el culto feroz al propio ego.

Todas los mensajes que recibimos a través de la propaganda, provenga del medio que sea, están encaminados a satisfacer nuestra vanidad e individualismo, colocándonos en el centro de todo lo manifestado: mis gustos, mis necesidades, mis deseos… “mi, me, mi, conmigo”… como reza en el famoso anuncio de L’oreal: “Porque yo lo valgo”. Vivimos en la era del yoísmo[5] en donde la vanidad ya no es algo que nos provoque sonrojo sino que, por el contrario, se ha convertido en nuestra tarjeta de presentación. «Vivimos inmersos en la era del éxito social, reflejado en la belleza exterior, la popularidad y el acceso a los signos de riqueza material» explica José Carrión, especialista en Psicología Clínica. «También en la necesidad de mostrar una aparente felicidad consecuencia de todo lo anterior. Si le sumamos la difusión inmediata, constante y eficaz que nos facilitan las redes sociales, cerramos el círculo»[6].

El narcisismo se ha convertido en una pandemia en nuestro tiempo y su consecuencia más inmediata es paradójica: la pérdida de autoestima y el abocamiento a la soledad. ¿Por qué? Pues porque al vivir una vida que es pura ilusión, donde se finge ser lo que no es, no nos reconocemos al mirarnos al espejo, no nos identificamos con nuestra verdadera personalidad y, finalmente, los jóvenes no quieren salir de casa o relacionarse verdaderamente con otros jóvenes porque les da vergüenza mostrar una imagen que no es la que enseñan a través de las redes sociales y que suele estar aderezada con decenas de filtros y arreglos de Photoshop.

Esta imagen distorsionada de uno mismo hace que, además, tengamos una imagen deformada de la realidad. Los jóvenes asumen que la vida es la que viven a través de las redes sociales y dejan de percibir como real todo lo que no provenga de una pantalla de ordenador, móvil o tablet. Dejan de percibir como real la vida que les rodea. Esto, sin duda, nos aísla de los demás, nos obliga a cerrarnos en nosotros mismos y, en definitiva, a vivir en soledad. Como decía la encuesta antes mencionada, a no hablar con nadie en más de un año…

Son muchas las voces de profesionales de la salud y de la psicología que se alzan para pedir una solución a este problema. Urge un cambio de paradigma que represente una alternativa a este narcisismo galopante que está enfermando nuestra sociedad y que pone en riesgo la salud emocional de las generaciones futuras. Y para ello nada mejor que invertir en educación y traer de vuelta la Filosofía a nuestras vidas.

En algunos países, como España, la filosofía ha sido eliminada del programa de estudios. Al parecer, es una materia que no aporta nada… más allá de una acumulación de datos… inútiles para nuestra forma de vida actual… Lo siguiente, imagino, será retirar la cátedra de Historia de los programas educativos porque, claro, ¿de qué nos sirve estudiar acontecimientos que nos quedan tan lejos, en el pasado?…

Ironías aparte, estas decisiones –absurdas a mi modo de ver, producto de mentes poco iluminadas- no dejan de reflejar la decadencia de nuestra sociedad y el fracaso de un sistema educativo tecnócrata en el que se le da más importancia a la especialización que a la formación integral del estudiante. En las universidades actuales no enseñan a pensar; la cultura se ha convertido en un negocio más y ha perdido su propia esencia: ser vehículo para la formación intelectual y moral del ser humano, un camino de aprendizaje que es, además, formativo para la personalidad. Resulta paradójico que una sociedad tan preocupada por su imagen, no sienta el más mínimo interés en cultivarse interiormente. Todo es aparentar, darle brillo a las formas olvidándonos de alimentar el contenido que es, en definitiva, la base sobre la que se construyen todas nuestras alegrías y el soporte mismo de la felicidad.

La Filosofía es fundamental para conocernos a nosotros mismos como individuos y para conocer la sociedad en la que vivimos. El conocimiento de la Historia nos abre la mente porque nos obliga a reflexionar sobre los acontecimientos del pasado y cómo han influido o influyen en nuestro tiempo presente. No hay nada como conocer el pasado para trabajar en el presente, mejorándolo, y proyectar un futuro enriquecedor.

Tener conocimiento de que hay una línea del tiempo, una evolución, una perspectiva. De que no estamos solos ni somos los únicos habitantes del planeta. De que nuestras acciones tienen consecuencias que se verán reflejadas en las generaciones del futuro, son síntomas de la madurez de una sociedad. Todo lo demás es pasajero, fruto de las circunstancias del momento y tiene una importancia relativa.

Concentremos nuestros esfuerzos en crecer interiormente, hacernos mejores personas y en tratar de mejorar el mundo que nos rodea. Sólo transformándonos a nosotros mismos podremos transformar la sociedad.

Los programas sociales creados para combatir la terrible pandemia de la soledad, sólo podrán ser efectivos si todos, individualmente, hacemos un esfuerzo decidido para mejorar como personas transmutando nuestros vicios en virtudes. Si tomamos conciencia de que el camino es más fácil si lo hacemos en compañía; que los demás pueden llegar a ser compañeros de ruta y maestros de vida, ayudándonos con su ejemplo y permitiéndonos aprender de sus errores.

Trabajar con y para la generosidad, alimentar nuestra vida interior y cultivar la mejor y más imperturbable amistad que no es otra que nuestra propia alma, es la mejor terapia para combatir la soledad. El verdadero valor del ser humano es la obra que deja tras de si.

No importa lo que aparentamos, importa lo que somos.

Carmen Morales


[1] http://www.elmundo.es/internacional/2018/01/17/5a5f3a57468aebaf568b4652.html

[2] Profesor, escritor y filósofo surcoreano. Seúl 1959.

[3] http://www.wlmundo.es/papel/lideres/2019/02/12/5c61612721efa007428b45b0.html

[4] http://www.elmundo.es/internacional/2018/01/17/5a5f3a57468aebaf568b4652.html

[5] https://www.elmundo.es/papel/lideres/2018/10/17/5bc6055ee2704e389b8b45cd.html

[6] https://www.elmundo.es/papel/lideres/2018/10/17/5bc6055ee2704e389b8b45cd.html

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