La soledad, la gran pandemia de nuestro siglo

Según Aristóteles, “el hombre es un ser social por naturaleza” lo que viene a decir que necesitamos de la relación con los otros para desarrollarnos en los diferentes ámbitos de la vida: en lo interior, en lo familiar, en lo profesional y en lo social. Y, sin embargo, cada vez hay más personas aquejadas de soledad, una enfermedad silenciosa que se ha instalado en nuestra sociedad sin que, casi, nos hayamos dado cuenta.

Hace algún tiempo me sorprendió una noticia, “Theresa May, Primera Ministra británica nombra a una secretaria de Estado para tratar el problema de la soledad[1]”. Afirma la dirigente en la misma noticia que “debemos hacer todo lo que podamos para que (…) trabajemos sobre la soledad (…) una triste realidad de la vida moderna”. Por un lado conforta saber que hay políticos con sensibilidad suficiente como para darse cuenta de las necesidades más sutiles de la ciudadanía; pero por otro, sobrecoge constatar la enorme fractura social que la modernidad ha provocado en las últimas décadas. Porque, ¿nos sentiríamos tan solos si no estuviésemos rodeados de confort, de máquinas que hacen todo por nosotros; de tecnología que nos aísla de nuestro entorno, que hace nuestra vida más fácil pero más vacía? El filósofo Byung-Chul Han[2] afirma que vivimos una era en donde el tiempo ha perdido su fragancia. Hemos dejado de disfrutar de las cosas porque nos han convencido de que la novedad es lo mejor; y así, nos hemos acostumbrado a despreciar las pequeñas cosas, esas que nos ayudan a recrear el tiempo, a prolongarlo, a dotarlo de intensidad y de significado. En palabras del propio Chul Han, «a la civilización actual le falta sobre todo vida contemplativa»[3].

Tal vez podríamos afirmar que a nuestra sociedad actual le falta sosiego, paz, altruismo y una gran dosis de entusiasmo. O dicho con otras palabras, le falta vida interior. Tiempo dedicado a los divinos ocios que decía Platón que no son otros que el tiempo que dedicamos a nuestra alma. Hoy entendemos el ocio como un tiempo en el que no hacemos nada; adoptamos una actitud pasiva y dejamos que cualquier corriente entre en nuestra mente y en nuestra psique que engullen todo lo que le ponen delante sin criba ni filtro alguno. Así, nos convertimos en seres humanos tamásicos que se dejan llevar por las modas de turno. Nuestra personalidad se tiñe con los colores del momento, camuflándose con el entorno y apagando cualquier atisbo de genialidad. Nos convertimos en masa, influenciable y manejable, ideal para dejarnos manipular. Pero los divinos ocios tienen otra función, mucho más elevada y provechosa para el alma.

Cultivar nuestra alma es dedicar un tiempo del día al arte y a la reflexión filosófica, según decía el Profesor Livraga, Fundador de Nueva Acrópolis. Unos minutos al día a cultivar esos placeres que nadie ni nada nos puede arrebatar porque no dependen de circunstancias externas, sino que son inmutables y eternos como eterna es la naturaleza de su manantial: el alma humana.

Sin embargo, en nuestra sociedad estos divinos ocios han sido substituidos por horas y horas de contenido vacío, superficial, que no alimenta nuestra alma pero que sí satisface nuestros deseos. Y aunque en un primer momento pudiera parecer que nos sentimos plenamente felices, basta profundizar un poco en las relaciones humanas para darnos cuenta de que gran parte de la población se queja de stress, vacío existencial y de la tan temida soledad. En definitiva, enfermedades del alma.

Resulta curioso, por no decir alarmante, comprobar cómo la tecnología digital de este siglo ha contribuido a estas enfermedades silenciosas. Las redes sociales que en un principio nacieron como una utopía liberadora que iba a conducir al individuo desde el aislamiento hasta una intercomunicación con los otros donde la idea principal sería la colaboración mutua, han resultado un caldo de cultivo del yo narcisista. Una especie de escaparate en el que mostrar nuestra intimidad, sea ésta reflejo de la realidad o pura fantasía. El auge de las redes sociales ha dado nacimiento al reinado del egocentrismo más frívolo: en twitter pensamos que todos somos escritores, en facebook filósofos y en instagram fotógrafos. Nos ponemos la máscara de la felicidad y representamos el papel de nuestra propia vida. Pero este expositor de millones de vidas felices provoca sentimientos encontrados; por un lado, la tristeza de quien vive una realidad que no es la suya verdadera. Y por otro, la angustia de quien piensa que su existencia no vale la pena porque no vive entre oropeles. En ambos casos la sensación de soledad y el vacío existencial son como un agujero en el alma.

Podríamos decir que la sociedad de este incipiente siglo XXI está adoptando tintes histriónicos donde las apariencias pesan más que la autenticidad. Siendo sinceros, hoy en día una vida sencilla, vivida con naturalidad no resulta apetecible. Todo el mundo quiere destacar, ser el más popular, el mejor, el más deseado… y tener seguidores, muchos seguidores. Pero ser el alma de la fiesta –de todas las fiestas- conlleva un sacrificio: la sobreexposición. Que es precisamente lo que sucede en las redes sociales. Y esta exposición máxima deja poco o nada de espacio para la vida interior; nos alejamos de nuestra esencia y, finalmente, terminamos por sentirnos solos aunque estemos rodeados de miles de personas. Porque la amistad que más importa, la relación más íntima y que nunca nos abandona, es la que mantenemos con nuestro Yo Interior, con nuestra propia alma. Y ésta es la que precisamente menos cultivamos, porque nuestro tiempo está todo dedicado a aparentar, a lo externo, a las exigencias sociales. En esta tesitura, acusamos la soledad cuando se apagan los focos mediáticos, nos quedamos solos y el silencio, que tendría que ser un espacio para la creatividad, para el desarrollo de nuestras potencialidades, se convierte en una losa pesadísima que nos hiere y nos consume porque no sabemos qué hacer. Nos asusta la ausencia de ruido y de distracción porque nos pone frente a frente con lo que realmente somos, lo que podríamos ser y en lo que nos hemos convertido. Que el ser humano es un ser social y que necesitamos de la compañía de los otros para desarrollarnos es indiscutible; pero que también necesitamos de la soledad creadora es igualmente una realidad a la que muchas personas, por miedo o por comodidad, renuncian en detrimento de su desarrollo interior.

Los que ya sumamos una buena cantidad de años, recordamos cómo en nuestra niñez había tiempo para todo: para trabajar, para la familia, para socializar y para desarrollar nuestros hobbies. Se daba por hecho que todo ser humano tenía alguna afición y se reservaban unas horas para ello, era lo natural y se dividía el día en función de todas estas necesidades. La mañana para el trabajo, las tardes para la familia, los compromisos sociales y los hobbies. Claro que la tecnología no había irrumpido en la vida de las personas con la fuerza de hoy en día, de hecho, había poca tecnología. Pero sí que había muchísima humanidad. En mi familia, como en muchas otras, las tertulias vespertinas eran lo habitual. Después de la siesta, poco a poco iban llegando familiares y amigos de mis abuelos y se iban creando grupos que hablaban de sus intereses, compartían las novedades del día o, en muchas ocasiones, terminaban saliendo a pasear para ver juntos los últimos rayos del sol. Después de la cena, mi abuelo al periódico y mi abuela a sus labores. Y los niños vivíamos esto con normalidad, participábamos en lo que nos dejaban pero siempre estábamos revoloteando alrededor de esta comunidad, formando parte de ella.

Tal vez el gran error de hoy en día y por el que tanta gente se queja de soledad sea el no saber vivir en comunidad. Habitamos edificios enormes sin conocer al vecino del enfrente, mucho menos al del quinto. Compramos en grandes superficies comerciales en lugar de acudir a la tiendecita de la esquina donde los tenderos pueden convertirse en tus amigos. Entablamos amistades a través de internet en lugar de quedar en un café con los compañeros de trabajo, de universidad o con los amigos de toda la vida. Preferimos recuperar virtualmente amistades de hace mil años –que se quedan en mensajes esporádicos por las redes sociales- en lugar de afianzar los lazos familiares… El anonimato se ha convertido en una gran muralla que nos separa de los otros. En una especie de parapeto que nos salvaguarda de todo lo que nos asusta pero que, al mismo tiempo, impide que nos llegue todo lo bueno y positivo de la vida en comunidad.

La soledad que nos aqueja hoy en día es producto de las barreras que nosotros mismos hemos ido levantando con el paso del tiempo. Hemos levantado muros en lugar de construir puentes. Y nos hemos olvidado que toda la tecnología del mundo es insuficiente para tener calidad de vida si falta lo esencial: humanidad.

Una encuesta[4] realizada en Reino Unido en junio del 2016, decía que cerca de 200.000 personas no habían hablado con nadie en el último año. Un dato aterrador de la sociedad que estamos construyendo con nuestro afán de individualismo y egocentrismo. Aunque es verdad aquello de que nacemos y morimos solos, el camino lo hacemos en compañía; necesitamos de los otros para aprender, para desarrollarnos, para evolucionar en definitiva. Virtudes propias del ser humano como la generosidad, la bondad, la compasión, el altruismo… sólo se pueden potenciar si nos rodeamos de personas. Que, ¿podemos practicarlas en nosotros mismos? Claro, pero corremos el riesgo de transformarlas en egoísmo al ser nosotros y sólo nosotros el objeto de nuestros desvelos. Y quién sabe si no será el problema de fondo que está por detrás de esta pandemia de soledad y abandono: el culto feroz al propio ego.

Todas los mensajes que recibimos a través de la propaganda, provenga del medio que sea, están encaminados a satisfacer nuestra vanidad e individualismo, colocándonos en el centro de todo lo manifestado: mis gustos, mis necesidades, mis deseos… “mi, me, mi, conmigo”… como reza en el famoso anuncio de L’oreal: “Porque yo lo valgo”. Vivimos en la era del yoísmo[5] en donde la vanidad ya no es algo que nos provoque sonrojo sino que, por el contrario, se ha convertido en nuestra tarjeta de presentación. «Vivimos inmersos en la era del éxito social, reflejado en la belleza exterior, la popularidad y el acceso a los signos de riqueza material» explica José Carrión, especialista en Psicología Clínica. «También en la necesidad de mostrar una aparente felicidad consecuencia de todo lo anterior. Si le sumamos la difusión inmediata, constante y eficaz que nos facilitan las redes sociales, cerramos el círculo»[6].

El narcisismo se ha convertido en una pandemia en nuestro tiempo y su consecuencia más inmediata es paradójica: la pérdida de autoestima y el abocamiento a la soledad. ¿Por qué? Pues porque al vivir una vida que es pura ilusión, donde se finge ser lo que no es, no nos reconocemos al mirarnos al espejo, no nos identificamos con nuestra verdadera personalidad y, finalmente, los jóvenes no quieren salir de casa o relacionarse verdaderamente con otros jóvenes porque les da vergüenza mostrar una imagen que no es la que enseñan a través de las redes sociales y que suele estar aderezada con decenas de filtros y arreglos de Photoshop.

Esta imagen distorsionada de uno mismo hace que, además, tengamos una imagen deformada de la realidad. Los jóvenes asumen que la vida es la que viven a través de las redes sociales y dejan de percibir como real todo lo que no provenga de una pantalla de ordenador, móvil o tablet. Dejan de percibir como real la vida que les rodea. Esto, sin duda, nos aísla de los demás, nos obliga a cerrarnos en nosotros mismos y, en definitiva, a vivir en soledad. Como decía la encuesta antes mencionada, a no hablar con nadie en más de un año…

Son muchas las voces de profesionales de la salud y de la psicología que se alzan para pedir una solución a este problema. Urge un cambio de paradigma que represente una alternativa a este narcisismo galopante que está enfermando nuestra sociedad y que pone en riesgo la salud emocional de las generaciones futuras. Y para ello nada mejor que invertir en educación y traer de vuelta la Filosofía a nuestras vidas.

En algunos países, como España, la filosofía ha sido eliminada del programa de estudios. Al parecer, es una materia que no aporta nada… más allá de una acumulación de datos… inútiles para nuestra forma de vida actual… Lo siguiente, imagino, será retirar la cátedra de Historia de los programas educativos porque, claro, ¿de qué nos sirve estudiar acontecimientos que nos quedan tan lejos, en el pasado?…

Ironías aparte, estas decisiones –absurdas a mi modo de ver, producto de mentes poco iluminadas- no dejan de reflejar la decadencia de nuestra sociedad y el fracaso de un sistema educativo tecnócrata en el que se le da más importancia a la especialización que a la formación integral del estudiante. En las universidades actuales no enseñan a pensar; la cultura se ha convertido en un negocio más y ha perdido su propia esencia: ser vehículo para la formación intelectual y moral del ser humano, un camino de aprendizaje que es, además, formativo para la personalidad. Resulta paradójico que una sociedad tan preocupada por su imagen, no sienta el más mínimo interés en cultivarse interiormente. Todo es aparentar, darle brillo a las formas olvidándonos de alimentar el contenido que es, en definitiva, la base sobre la que se construyen todas nuestras alegrías y el soporte mismo de la felicidad.

La Filosofía es fundamental para conocernos a nosotros mismos como individuos y para conocer la sociedad en la que vivimos. El conocimiento de la Historia nos abre la mente porque nos obliga a reflexionar sobre los acontecimientos del pasado y cómo han influido o influyen en nuestro tiempo presente. No hay nada como conocer el pasado para trabajar en el presente, mejorándolo, y proyectar un futuro enriquecedor.

Tener conocimiento de que hay una línea del tiempo, una evolución, una perspectiva. De que no estamos solos ni somos los únicos habitantes del planeta. De que nuestras acciones tienen consecuencias que se verán reflejadas en las generaciones del futuro, son síntomas de la madurez de una sociedad. Todo lo demás es pasajero, fruto de las circunstancias del momento y tiene una importancia relativa.

Concentremos nuestros esfuerzos en crecer interiormente, hacernos mejores personas y en tratar de mejorar el mundo que nos rodea. Sólo transformándonos a nosotros mismos podremos transformar la sociedad.

Los programas sociales creados para combatir la terrible pandemia de la soledad, sólo podrán ser efectivos si todos, individualmente, hacemos un esfuerzo decidido para mejorar como personas transmutando nuestros vicios en virtudes. Si tomamos conciencia de que el camino es más fácil si lo hacemos en compañía; que los demás pueden llegar a ser compañeros de ruta y maestros de vida, ayudándonos con su ejemplo y permitiéndonos aprender de sus errores.

Trabajar con y para la generosidad, alimentar nuestra vida interior y cultivar la mejor y más imperturbable amistad que no es otra que nuestra propia alma, es la mejor terapia para combatir la soledad. El verdadero valor del ser humano es la obra que deja tras de si.

No importa lo que aparentamos, importa lo que somos.

Carmen Morales


[1] http://www.elmundo.es/internacional/2018/01/17/5a5f3a57468aebaf568b4652.html

[2] Profesor, escritor y filósofo surcoreano. Seúl 1959.

[3] http://www.wlmundo.es/papel/lideres/2019/02/12/5c61612721efa007428b45b0.html

[4] http://www.elmundo.es/internacional/2018/01/17/5a5f3a57468aebaf568b4652.html

[5] https://www.elmundo.es/papel/lideres/2018/10/17/5bc6055ee2704e389b8b45cd.html

[6] https://www.elmundo.es/papel/lideres/2018/10/17/5bc6055ee2704e389b8b45cd.html

Los dos caminos: el difícil arte de decidir

“El ser humano es un ser despierto ante lo que le rodea. Está condenado a elegir; y condenado a ser responsable de las consecuencias de esta elección. Es libre, dentro de las limitaciones de su misma naturaleza. Como dirían los clásicos, es libre para convertirse en el servidor de su Yo Superior, de su alma inmortal; o en esclavo de sus furibundas pasiones inferiores, de la bestia que en él ruge y mora.”

José Carlos Fernández in “Hamlet o el hombre ante su encrucijada”

Hacer una meditación o una reflexión sobre lo que supone elegir no es fácil. La mayoría de las veces, nuestras elecciones son realizadas sin la más mínima consciencia y ni se nos pasa por la cabeza que toda acción tiene unas consecuencias. Es cuando se llega a la edad adulta que nos vemos en la necesidad de volver la vista atrás y hacer un balance del camino recorrido. Y ahí sí, ahí comprendemos que nuestra vida, nuestro camino ha seguido los derroteros que nuestras decisiones han marcado. Como si fuese una melodía, cada toma de decisión es como un compás que marca el ritmo de nuestro destino.

Como en todo, también en las decisiones hay niveles, desde las más superficiales, que tienen que ver con aspectos de la vida menos profundos (una barra de labios, una prenda de ropa o un peinado de moda); hasta los más transcendentes que pueden modificar el ritmo de los acontecimientos que demarcan nuestra vida (una pareja, un trabajo, un sí o un no…). Y aunque todas generan consecuencias (una ropa o un maquillaje determinan si estás más o menos favorecida; un sí o un no pueden decidir un buen o un mal trabajo), son las decisiones transcendentes las que nos deberían preocupar y a las que deberíamos dedicar tiempo y reflexión.

En general, nuestro tiempo actual promueve la superficialidad, la inmadurez y la inconsciencia. Esto es algo sabido y no son necesarias grandes explicaciones pues sólo hay que dedicar una tarde/noche a ver televisión para constatar que los valores (o la ausencia de ellos) que se promueven tienen mucho que ver con la desinhibición inconsciente: ser eternamente adolescente, huir de las obligaciones, aparentar lo que no se tiene y permisividad, mucha permisividad.

Pero nada de esto toca al alma y nada de esto nos hace crecer. Al contrario. Nos mantiene en un estado de infancia-adolescencia-juventud prolongada donde no aprendemos a madurar, a convertirnos en adultos, por lo tanto.

Las famosas crisis de los 40 o los 50 suelen sobrevenir en personas que se han “bebido” la vida sin profundizar en ella. Y claro, han pasado los años y de repente “despiertan” en una edad donde caen en la cuenta de que ya no les restan tantos años; que el tiempo ha pasado y no sólo no han hecho un buen uso de él, sino que además se les ha escapado de las manos como se escapa la arena entre los dedos.

Si hay una cosa que no entiendo de mi tiempo, es por qué la alegría está asociada a la
frivolidad y la tristeza/esclavitud a las obligaciones. ¿Es que acaso hacernos cargo de nuestros hijos, padres o hermanos es una tristeza? Y, ¿no es eso una obligación, un deber? ¿Es infelicidad estudiar para conocer más y mejor el mundo que nos rodea? ¿No es un deber del ser humano cultivarse interiormente? Y, ¿no da esto la felicidad?

Creo, sinceramente, que las crisis de la mediana edad sobrevienen cuando despertamos del sueño del no-compromiso que nos han vendido como válido, pero que es una falacia en realidad. Porque si hay algo seguro en esta vida es que desde que nacemos estamos
comprometidos con nuestro Destino. Y cabe a cada uno de nosotros aprovechar el tiempo que se nos ha dado para fortalecernos, para hacer crecer nuestra alma; para ser, cada día, un poco mejores de lo que fuimos el día anterior. Y en este proceso, en esta ventura que es madurar, las decisiones son parte fundamental.

La toma de decisiones está muy relacionada con la valentía. Ante una decisión importante, sobre todo si hay consciencia de lo que está en juego, es normal sentir miedo, vértigo incluso ante la perspectiva del futuro incierto. Por eso se necesita coraje, no sólo para dar el paso decisivo, sino también para afrontar las consecuencias que sobrevendrán, sean positivas o no. Pero un filósofo siempre sacará algún provecho de sus decisiones pues todo puede devenir en aprendizaje si la conciencia está puesta en ello.

En realidad, estamos ante una cuestión tan antigua como la misma humanidad. El ser humano siempre estuvo en la encrucijada de tener que escoger: el bien o el mal; el pecado o la virtud… Decidir forma parte de la naturaleza humana de la misma manera que el respirar o el caminar. A lo largo de la historia, este tema de la elección ha ocupado a filósofos, literatos y artistas. ¡Tanta es su importancia!

La duda, el dilema o la elección en el Arte

Igual que en lo religioso la presencia de la dualidad bien/mal es más que patente, en el arte encontramos la misma preocupación, sobre todo en la época clásica. La temática
“encrucijada”, “dos caminos” se repite en diferentes autores y la elección entre el camino de la Virtud y el Vicio será uno de los temas más representados por los artistas.

“Hércules en la encrucijada”, también conocido como “El juicio de Hércules”. En este lienzo pintado en 1596, Annibale Carracci plasma una escena de la vida de Hércules donde se ve al héroe en la tesitura de tener que elegir entre dos caminos. Uno, el que le marca la Virtud y que conduje a la inmortalidad; el otro, el indicado por Voluptas que le llevaría a la lujuria y al pecado.

La fábula de Hércules en la encrucijada es atribuida a Pródico[1] y en ella relata la dificultad de elección entre dos modos posibles de vida: la Virtud y el Vicio. La primera ofrece una vida austera, esforzada y sencilla; le promete la verdadera gloria, pero sólo si acepta llegar a ella tras un duro esfuerzo. La segunda una agradable existencia dedicada al ocio y los placeres; discurrir por un sendero de fácil acceso a una vida de placeres indolentes. Según Pródico, Hércules eligió la Virtud.

En 1580 otro pintor italiano, Paolo Veronese había pintado otra versión del mismo mito y la bautizó como “Alegoría de la Virtud y el Vicio”.

Y sólo un año después, en 1581, vuelve a repetir tema en otro lienzo “El joven entre la virtud y el vicio” donde Veronese emplea a dos figuras femeninas muy explícitas; a la izquierda, una típica cortesana veneciana, con ricos ropajes y amplio escote, sentada junto al lecho decorado con un bello cortinaje de brocados, sería la clara representación del Vicio. En la derecha, cubierta con gruesos paños que impiden ver sus tobillos, símbolo de decencia en el Renacimiento, se encuentra la representación de la Virtud.  Viste de rojo, a la moda veneciana que tanto gustaba representar al maestro en sus lienzos. Su elección es acertada ya que sigue a la Virtud, quien mira al Vicio con gesto de victoria.

En los primeros años del siglo XX, encontramos nuevamente reflejada esta temática en dos lienzos, “El pecado” y “La gracia”, del pintor cordobés Julio Romero de Torres. En estos dos cuadros, complementarios, se pueden observar cómo los mismos personajes cambian sus expresiones según la naturaleza de sus intenciones; en “El pecado” los rostros de las ancianas son de perversidad y lujuria, de incitación al quebrantamiento de la moralidad. Además, sostienen entre sus manos un espejo y una manzana, símbolos del pecado. Mientras, en “La gracia” estas mismas ancianas son representadas con rostros angelicales, bondadosos, de recogimiento y amor; otra joven llora y porta en su mano una azucena, símbolo de la pureza. Y como protagonista una joven en la difícil tesitura de qué camino tomar. Una vez más, la encrucijada en el camino del hombre.

El pecado y La gracia

Otro cuadro del pintor cordobés está inspirado en la misma temática, elegir entre un camino de rectitud, de moralidad o inclinarse por el camino de los oropeles y la promiscuidad. Se trata del lienzo “Las dos sendas”, pintado por Torres en 1911.


Y para finalizar este recorrido por el arte pictórico, del que los ejemplos expuestos son sólo una muestra, analizamos los frescos murales en la Villa de los Misterios de Pompeya.

En la gran Sala se encuentran una serie de paneles que, hasta hoy, siempre han sido interpretados en sentido circular, creando con ello una gran controversia pues su lectura carece de significado. Pero si los leemos como dos historias paralelas que convergen en un punto central, obtenemos una nueva representación de la encrucijada del hombre.

José Carlos Fernández en su artículo “La Villa de los Misterios de Pompeya, una nueva lectura de la gran sala” nos da las claves: “Según esta interpretación, se describen los dos modos de acceder a la Liberación, los dos presididos por Dionisos: son el camino de la experiencia o el de la sabiduría, el de la mística o el del mundo, o sea, el de los leños que “van a parar a la mar, que es el morir” o el de remontar la corriente del Ser, haciendo de uno mismo barca y remos y pasajero hasta beber en las fuentes puras de la esencia de la vida. El uno, el mistérico, el que lleva a la vida trascendente, ya ha sido descrito por Linda Fierz-David (…). El otro, el de la vida común, con sus dichas y angustias es el no trascendente, que termina con la muerte, así como el anterior finaliza en la libertad de la sabiduría. En verdad, como decía Platón al comparar la Filosofía con la Muerte y decir que son semejantes, ambas llevan a la Libertad, a la separación de la prisión del mundo. Ambas convergen en Dionisos, bien sea a través de la sabiduría y la mística, bien a través de la experiencia y la muerte. En ambos Dionisos, que representa la sangre de la vida del alma, rige a los seres humanos, los llama a la perfección. Dionisos es el “bramido de Toro” del Destino, la “presencia de Dios en cada ser”, o sea, el divino entusiasmo, el Niño Divino que despierta y va
creciendo en nuestro interior según el alma evoluciona más y más. O sea, es la clave del arco a
la que se accede por la vía del dolor o por la del saber, justificándolas ambas.”

Camino de la Sabiduría, que debe ser leído de la izquierda a la derecha


Conclusión

La Historia nos ofrece muchos y variados ejemplos de la importancia de saber elegir. Y también es un testigo en sí misma de cómo la encrucijada forma parte de la naturaleza del ser humano. Arte, Filosofía, Religión, Literatura… y otros campos del Saber recogen esta disyuntiva, el dolor que a ella va asociado y las consecuencias derivadas del acto en sí como una de las pruebas que cada uno de nosotros debemos enfrentar en el camino de nuestra propia evolución.

Me viene a la memoria el testimonio de una chica a la que conocí hace varios años y que fue abatida a tiros por su propio padre, celoso de la vida sentimental de la hija. Nos contaba ella que después de ser tiroteada, cuando se encontraba en el suelo incapaz de moverse porque una de las balas le había alcanzado la columna vertebral, se debatió durante instantes entre gritar pidiendo ayuda o quedarse en silencio. Tal vez fuesen segundos, pero para ella este momento resultó ser crucial en su vida pues de su decisión resultaría una mujer muerta o una mujer viva, aunque con secuelas.

Cuántas veces no nos encontramos en situaciones similares en cuanto a intensidad (no en cuanto a dramatismo, por fortuna), sabiendo que de una ardua elección devendrá nuestro futuro. Y ¡qué poco educados estamos para estas difíciles coyunturas!

Cabe a la Filosofía despertar en el ser humano el sentido heroico de la vida. Educar en valores como la valentía, la determinación, el sentido común, la inteligencia y la osadía para que se conviertan en herramientas que cada uno de nosotros pueda utilizar en su camino hacia la madurez. Tomar decisiones forma parte de la vida, todo final de camino se convierte en una incógnita que nos conduce a una nueva encrucijada. Y así por siempre. Que lo aprendido nos guíe por los caminos de la bienaventuranza.


Carmen Morales


[1] Filósofo griego, formó parte de la primera generación de sofistas. Fue contemporáneo de Sócrates, pertenece por tanto a los llamados filósofos presocráticos.

Parar y respirar

En poco más de un mes y medio, la naturaleza nos ha dado una gran lección. O varias, según se mire. La primera es que, por mucho que nos empeñemos, la gran y absoluta protagonista es Ella; y si seguimos haciéndonos incómodos, tiene sus propios mecanismos para mantenernos a raya. La segunda es que, con o sin nosotros, ella sigue su curso; es más, sin nosotros y nuestra huella de contaminación, luce más bonita y saludable. La tercera lección tiene que ver con su capacidad de recuperación. En el tiempo de cuarentena se han limpiado ríos y playas; los animales han ocupado el espacio que les habíamos robado, el aire se ha purificado e incluso en los parques vuelven a oírse los grillos. Durante la cuarentena, mientras el ser humano está confinado, la naturaleza respira… si somos inteligentes, nosotros también debemos hacerlos: parar y respirar.

¿A qué llamo yo respirar? Bueno, a veces sucede que nos metemos tan de lleno en la corriente de la vida, que ocupamos todo nuestro tiempo con deberes, compromisos y trabajo. Y aunque todo eso es necesario, también lo es dejar espacio para el alma. Para los divinos ocios, que diría Platón.

Respirar es establecer prioridades. Dentro de la desgracia que esta pandemia representa para tantas familias, algo positivo que nos ha dejado es tiempo para replantearnos la vida y cómo la estamos viviendo. De repente hemos caído en la cuenta de que lo verdaderamente importante es la familia, los amigos, las personas que comparten nuestros momentos. Estos días atrapados en casa debería habernos servido para darnos cuenta de lo verdaderamente importante. No hay prestigio, ni dinero, ni posición que puedan suplir los abrazos o las risas de los tuyos.

Respirar equivale a pensar, reflexionar. Es evidente que la humanidad no puede continuar por el camino inconsciente de vivir a espaldas de la naturaleza, explotando los recursos y negando la parte más espiritual del ser humano. Es como una huida hacia adelante. Los diarios de todo el mundo nos muestran imágenes de cómo, en poco tiempo, la tierra se ha purificado; incluso se ha cerrado el agujero de la capa de ozono. Debería hacernos reflexionar: años celebrando cumbres internacionales que no terminaban de encontrar una solución y resulta que en poco más de dos meses de confinamiento los niveles de contaminación han bajado a mínimos. Y ¿qué ha cambiado? Nuestra actividad, hemos disminuido nuestra agresión constante hacia el medio ambiente.

Sería bueno que esta crisis sanitaria y humanitaria nos hiciese cambiar nuestro paradigma actual. Abandonar el consumismo feroz para llevar una vida más sencilla, sin tantas “necesidades” superficiales, creadas y estimuladas por los que ganan dinero con ellas. Una forma de vida más en contacto con la naturaleza, más conectada con nuestra propia esencia, más vinculada al propio ser humano.

Ojalá seamos capaces, entre todos, de mirar a través del sufrimiento y del dolor para extraer las enseñanzas que esta pandemia trae consigo. Como decía la filósofa rusa H.P.Blavatsky “no os quejéis porque lo que pensáis ser sufrimientos y obstáculos suelen ser, en realidad, los misteriosos esfuerzos que la Naturaleza hace para ayudaros en vuestra obra, si sabéis aprovecharlos”.

Carmen Morales